El primer signo que me indicaba mi salida de Londres no fue ver el pasaporte en mi cartera, ni el backpack con pijama empacado en la espalda, sino la mirada dulce del colector de tickets de origen indio a las alturas de la estación St. Albans vía Luton diciéndome que tenía que cobrar 20 pounds de multa porque “Dear Madam, esa Oyster que sacó, aquí no le funciona“.
Y yo todavía con mis audífonos en los oídos mirándolo con cara de “el equivocado aquí eres tu mijito, mírala bien es una “O-Y-S-T-E-R” que te lleva a todos lados“. Pero no, estaba equivocada y es que hay una línea invisible en algún lugar entre Cricklewood y St. Albans donde la Oyster deja de acompañarte y como Alicia en el país de las maravillas caes por un hueco para de pronto aparecer en un mundo paralelo donde eres despojado de tu armadura londinense.
Para encontrarte cara a cara con los personajes secundarios disfrazados de inspectores de aeropuertos que en las mañanas se calzan sus galas de polyester impregnadas de esa única pócima de poder que los hacen disfrutar cada vez que te dicen que te quites los zapatos, y si llega a sonar la máquina detectora de metales, alcanzan un orgasmo frente a la mirada de miedo de esa pobre abuelita que se olvidó sacarse la dentadura y ponerla en la bolsa transparente.
Y la azafata anaranjada, acostumbrada ya a lidiar con los grupos de subordinados y ruidosos ingleses borrachos viajando en manadas, frente a un team súper chic y bien comportado de hombres gays criticando su uniforme, maquillaje y la calidad de las fragancias ofrecidas en el duty free, mientras sus ojos piden a gritos que por favor algún borracho tatuado la salve en ese momento.
Para aterrizar en la ciudad que pareciera haber sido condenada por una bruja envidiosa a no sonreír. A tu alrededor sientes que todo quiere saltar de alegría; un clima exquisito con un cielo azulito y sol resplandeciente, una arquitectura juguetona, colores y sabores vibrando llenos de vida, el rugir del mar y la riqueza de diversas culturas impregnando el día a día. Pero no, Barcelona no sonríe; sus habitantes injustamente parecen condenados a la queja, los ceños fruncidos y los semblantes desconfiados.
El taxista malhumorado que vomita su odio por esa horda de musulmanes y africanos que los han invadido y que deberían todos ser expulsados porque no son iguales a nosotros; el recepcionista de hotel que le parece impúdico que una mujer se aparezca sola sin un marido a las doce de la noche y que te mira con cara de que eres una prostituta porque le preguntas dónde te puedes tomar una cerveza a esa hora; el gerente del bar que no deja de echarte miradas a ver si vas a hacer negocio con alguno de los clientes, el vecino de barra que busca con su mirada tu apoyo, cada vez que menosprecia y humilla al camarero pakistaní porque su pronunciación deja mucho que desear, sin ni siquiera por un instante reconocerlo como otro ser humano tratando de hacerlo lo mejor posible.
En las calles de Barcelona se siente miedo, rencor y por encima de todo mucha desconfianza. Las caras lo dicen todo aunque afortunadamente no son todas. Debo dar gracias que aún despojada de mi armadura londinense me quedaba mi cédula de identidad latina, la cual me permitió cantar bossanova con Carlos, un taxista brasilero, conversar con Pedro, un camarero cubano que se sonreía desconcertado cada vez que el pakistaní lo llamaba “hermano” y Liz, una hondureña de La Rioja que en un gesto de lindísima generosidad me llevó de marcha con unos amigos hasta uno de los mejores clubs en la zona de Barceloneta, el “Opium“, que esta justo frente a la playa.
Y por supuesto cómo olvidar a David, el financista madrileño que le debe tener miedo a dormir solo en la oscuridad sin su esposa, porque después de conversar un rato y sin siquiera una agarrada de manos me pregunta, si me lo llevo para mi Hotel.
Finalmente me reconcilio con esta ciudad viendo el amanecer frente a la playa, dejando que las olas mojen mis pies y sus cantos arrullen mi alma.
Barcelona es una ciudad vibrante, llena de cultura, creatividad y gastronomía. Y si la visitan, por favor no dejen de pasar por el mercado de La Boquería en la zona de las Ramblas, un espectáculo de sabores, olores e imágenes y así comerse unos langostinos a la plancha fresquitos, acompañados de un vino blanco helado en el restaurant “El Kiosko Universal” dentro del mercado, una entre las muchas opciones ofrecidas.
Ya había estado antes en Barcelona y seguramente vuelva otras veces, la recomendaría con los ojos cerrados a cualquiera que quiera disfrutar de su encanto, pero sentada ahí en el paseo Colón tomándome una cerveza, no dejo de extrañar mi Londres. Mis noches en Brixton donde el exiliado cubano está hablando con el egresado de Oxford , el rastafarian Jamaiquino que se está tratando de levantar a la sudafricana suspirándole palabras suavecitas al oído y donde la música conjuga el sabor de los ritmos gitanos, árabes y latinos aderezados con los olores de unos tamales picanticos y el humo de un pollo nigeriano.
Por eso, cuando 24 horas más tarde llego a St. Pancras y oigo nuevamente el canto de mi Oyster sonar, me siento en casa; una casa donde el hecho que todos seamos extranjeros nos permite reconocernos y sonreírnos.
Y aún cuando a nuestros anfitriones ingleses les resultemos de vez en cuando incómodos y la prensa y el Gobierno estén haciendo todo lo posible para cerrar las puertas de esta isla, la realidad que vivimos en la calle es la libertad en que podemos con orgullo disfrutar de nuestra identidad.

